26/01/26

La inflación no ha desaparecido: se ha dividido

“Tu potencial no nace del talento,

sino del coraje de explorar

lo que otros jamás intentan.”

La frase se atribuye a Leonardo da Vinci, y resulta curiosamente incómoda en un mundo obsesionado con la tranquilidad, la estabilidad y los mensajes que no alteran demasiado.

Da Vinci no fue extraordinario porque tuviera más respuestas, sino porque se atrevía a hacerse mejores preguntas. Mientras otros aceptaban el marco mental de su época, él lo empujaba. Mientras muchos buscaban certezas, él prefería comprensión.

Y quizá por eso sigue siendo tan actual: porque nos recuerda que la comodidad intelectual suele ser el mayor freno al progreso.

No hablaba de genios. Hablaba de actitud. De mirar donde otros prefieren no mirar.

Y eso, curiosamente, también aplica a la economía.

Cuando el relato tranquiliza… pero la realidad no acompaña

En los últimos meses se ha instalado una narrativa amable: la inflación ha bajado, el crecimiento aguanta y el escenario está más controlado. El mensaje es agradable. Ordenado. Reconfortante.

Pero, como bien sabía Da Vinci, el problema no suele estar en lo que se dice, sino en lo que se da por supuesto.

Basta bajar del titular a la vida cotidiana para notar la fricción: la compra no baja, el alquiler no baja, los servicios básicos no bajan.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿de qué inflación estamos hablando exactamente?

No hay una inflación. Hay dos.

La inflación no ha desaparecido. Se ha fragmentado.

Por un lado, existe la inflación que afecta a quien ya posee activos. Se manifiesta en la revalorización de mercados financieros e inmuebles. Para estos patrimonios, la inflación actúa como un colchón: el dinero cambia de forma, pero mantiene —o incluso incrementa— su valor.

Por otro lado, está la inflación que afecta a quien vive de su renta mensual. Esta no se disimula en índices agregados. Vive en lo esencial: vivienda, alimentación, energía, transporte, educación, sanidad. Es persistente, difícil de esquivar y absorbe cada vez más porcentaje del ingreso disponible.

El promedio mejora. La experiencia cotidiana no.

El punto ciego: salarios reales y sensación de empobrecimiento

Aquí aparece el verdadero nudo del problema.

Aunque el empleo aguante y los salarios nominales suban, para amplias capas de la población no lo hacen al ritmo necesario para compensar el aumento del coste de la vida. El salario real retrocede justo cuando los gastos imprescindibles pesan más que nunca.

El resultado no es solo económico, es emocional: se trabaja igual, se cobra parecido, pero se vive con más estrechez.

La economía crece, sí. Pero no crece para todos de la misma forma.

Cuando lo “conservador” deja de serlo

Y aquí aparece una de las grandes paradojas actuales.

Muchas decisiones financieras siguen etiquetándose como conservadoras cuando, en realidad, ya no lo son. No porque impliquen más volatilidad visible, sino porque asumen un riesgo silencioso: el de perder poder adquisitivo sin darse cuenta.

Mantener el dinero inmóvil transmite calma. No decidir reduce el miedo al error. No moverse parece prudente.

Pero cuando el coste de la vida avanza y el dinero permanece quieto, la decisión aparentemente conservadora se convierte en una decisión activamente perjudicial.

Hoy, el mayor riesgo no siempre es invertir. A menudo es no hacerlo.

Y esta idea incomoda porque va contra la intuición, contra la educación financiera clásica y contra ese instinto tan humano de confundir tranquilidad con seguridad.

Mirar donde otros no miran

Volvemos, casi sin darnos cuenta, a Leonardo.

Explorar lo que otros no intentan no siempre significa innovar. A veces significa atreverse a revisar certezas antiguas en un contexto nuevo.

La economía ha cambiado. La inflación se ha dividido. Y seguir tomando decisiones con mapas antiguos no es prudencia.

Es inercia.

Epílogo

La inflación no siempre te quita dinero. A veces te quita margen. Margen para reaccionar. Margen para decidir. Margen para entender.

Y quédate con esta frase, porque la repetiremos más de una vez en esta serie:

Hoy, muchas decisiones que parecen conservadoras ya no protegen el dinero. Solo protegen la sensación de tranquilidad.

Y la tranquilidad, cuando no se revisa, suele salir cara.