23/02/26

El mundo deja de pagar el capricho de un tuit

Una mañana cualquiera, el mundo se despertó con una noticia que suena aburrida, pero no lo es.

“Un tribunal supremo de los Estados Unidos ha tumbado los aranceles de Donald Trump”.

Ya.

Y “aranceles” es una de esas palabras que, si te la sueltan antes del café, te puede dar la misma ilusión que leer los ingredientes de un champú. Pero aquí está el truco: cuando los aranceles se mueven, se mueven los precios, se mueven las empresas, se mueven las monedas… y, sin que nadie te pida permiso, se mueve tu vida.

Así que hoy te lo cuento como se merece: como un cuento. Porque lo de esta semana no va de economía. Va de poder. Va de límites. Y va de una idea incómoda: incluso el país más poderoso del planeta necesita que alguien le diga “no”.

El señor chicote y el mercado de los mil pasillos

Imagina un mercado gigantesco. Tan grande que tiene pasillos infinitos, pantallas por todas partes y un guardia de seguridad que, si estornuda, tiemblan las bolsas del mundo.

En ese mercado vivía un personaje peculiar: el señor Chicote.

El señor Chicote no vendía fruta, ni pescado, ni móviles. Vendía miedo empaquetado en titulares. Su producto estrella era un látigo invisible con el que iba por los pasillos diciendo: “Si no compras lo mío, te pongo un arancel”.

Y la gente, que no es tonta, respondía: “Vale, vale, tranquilo. No hace falta gritar”.

El problema era que el señor Chicote no gritaba por gusto. Gritaba porque había descubierto un truco: podía imponer esos aranceles usando una ley de “emergencia”. Es decir, podía saltarse el proceso normal, firmar un papel, ponerse serio delante de una cámara y, de repente, todo el mercado cambiaba de precio.

Un día amanecías con un 20%. Al siguiente con un 5%. Luego se quitaba. Luego volvía. Y el mercado, como las personas, reaccionaba igual que cuando tu jefe te cambia el criterio cada hora: al final no trabajas más rápido; trabajas con miedo y gastas energía en sobrevivir.

Las empresas empezaron a hacer cosas raras:

  • pedir mercancía por rutas más largas y caras para esquivar el látigo,

  • reestructurar cadenas de suministro,

  • retrasar inversiones porque nadie invierte cuando las reglas del juego son un carrusel con resaca.

Y mientras tanto, el señor Chicote vendía el cuento de que todo esto era para “reindustrializar” el mercado, devolver trabajos, recuperar grandeza. Una fantasía con estética de los setenta y guion de película mal doblada.

Solo había un detalle: en la vida real, el déficit comercial no se arregla a gritos. Y una balanza comercial no es un botón de volumen.

El gran malentendido: confundir un desequilibrio con un impuesto

Aquí viene la parte dummies, la que te ahorra dos carreras universitarias y tres discusiones en cenas.

Un arancel es un impuesto que un país cobra cuando entran productos de fuera.

Punto.

Si tú compras más a tu vecino de lo que tu vecino te compra a ti, eso no es un arancel. Es un desequilibrio. Y se puede deber a mil cosas: preferencias de consumo, competitividad, salarios, tecnología, demografía, ahorro, inversión.

El señor Chicote, sin embargo, decidió llamar “arancel” a ese desequilibrio. Y con esa confusión —o con esa mala fe, elige tu aventura— justificó imponer aranceles “recíprocos” al mundo.

Traducción: “como yo compro más de lo que vendo, te castigo para que me compres”.

Un plan perfecto… si el mundo fuera una clase de parvulario y la economía una cartulina.

Entra el tribunal: el portero del edificio llamado democracia

Y entonces ocurrió algo que muchos ya habían olvidado que existía: apareció el portero.

El Tribunal Supremo.

Ese señor serio que no te sonríe, pero que evita que el edificio se convierta en un after ilegal.

El Supremo miró el látigo del señor Chicote y dijo:

“Esto, así, no”.

Y lo dijo con una frase que, traducida al idioma humano, viene a ser:

“Una ley de emergencia no es una excusa para hacer lo que quieras cuando no hay emergencia”.

En otras palabras: el presidente no puede ponerse la capa de superhéroe de la emergencia cada vez que le convenga para imponer impuestos al mundo.

Porque los aranceles, al final, son eso: impuestos.

Y los impuestos, en una democracia, no deberían depender de un arrebato nocturno en redes sociales.

Por qué esto importa si tú no compras ni vendes contenedores

“Vale”, dirás, “pero yo no importo iPhones, no tengo una fábrica en Ohio y mi cadena de suministro es el súper de la esquina”.

Justo por eso importa.

Porque los aranceles son como echar arena en los engranajes del comercio mundial. No lo ves en el momento, pero el motor se vuelve más caro, más lento y más imprevisible.

Cuando suben los aranceles:

  • las empresas pagan más por piezas y productos,

  • parte de ese coste se traslada a precios,

  • el consumidor lo nota en la factura,

  • la inflación se pone chula,

  • y los bancos centrales se ven obligados a mantener tipos más altos durante más tiempo.

Cuando caen o se frenan:

  • baja la presión de precios importados,

  • se reduce un poco el “miedo inflacionario”,

  • y los mercados suelen respirar porque prefieren reglas aburridas a sorpresas creativas.

La creatividad está muy bien para el arte. Para los impuestos globales, mejor un manual de instrucciones.

Qué pasa ahora: prudencia, caos y desconcierto (en ese orden)

La sentencia no significa que se acabó el proteccionismo. Significa que se acabó el atajo.

Ahora el señor Chicote tiene opciones, sí:

  • presionar al Congreso para aprobar aranceles por el procedimiento “normal”,

  • buscar otras leyes más específicas (seguridad nacional, sectores concretos),

  • o inventarse un plan temporal mientras se pelea en tribunales.

Pero la diferencia es enorme: ya no basta con firmar y mandar.

Y eso cambia el mundo.

Porque en un planeta donde una decisión de Washington puede mover precios en Barcelona, México, Shanghái o Berlín, que exista un freno institucional es una buena noticia… incluso para quien no sabe ubicar Washington sin Google Maps.

Eso sí: viene el lío administrativo.

Se habla de cantidades gigantescas recaudadas. Y ahora aparece el sudoku:

  • quién pide devolución,

  • cómo se tramita,

  • cuánto tarda,

  • quién se queda con la parte “legal” y quién se queda con el “yo qué sé”.

Si alguna vez has intentado que una aerolínea te devuelva 34 euros, imagina a un Estado devolviendo miles de millones con intereses y abogados. Pura magia negra.

La lectura profunda (la que no se dice en los titulares)

Aquí está lo realmente importante.

Esta noticia no va solo de aranceles. Va de algo más grande: el mundo está entrando en una fase en la que la economía global se decide en tres tableros a la vez:

  1. el económico (costes, inflación, crecimiento),

  2. el político (elecciones, relatos, enemigos útiles),

  3. el jurídico (qué es legal, qué no, y cuánto tarda en tumbarse).

Hasta ahora, el señor Chicote dominaba el tablero político con el látigo. Hoy, el tablero jurídico le ha recordado que el juego tiene reglas.

Y esa es la parte esperanzadora: cuando la política se ve obligada a pasar por ventanilla, los mercados respiran. No porque confíen en los políticos, sino porque confían en el horario de la ventanilla.

Así que este cuento termina con una imagen sencilla.

El señor Chicote sigue en el mercado. Sigue con ganas de pelea. Sigue buscando cómo hacer ruido.

Pero ahora, en la entrada, hay un portero que le ha quitado el megáfono y le ha dicho:

“Si quieres cambiar el precio de todo, hazlo como toca”.

Y eso, en 2026, es casi un acto revolucionario.

Porque en un mundo donde cada semana parece escrita por un guionista con problemas, que una institución diga “hasta aquí” es un recordatorio precioso de que no todo está a merced del capricho.

Que el comercio mundial no debería depender del humor de una persona.

Que la democracia, cuando funciona, no es épica. Es aburrida. Y precisamente por eso es valiosa.

Y la próxima vez que alguien te diga: “Bah, eso de los aranceles no va conmigo”, ya tienes respuesta:

“Claro que va contigo. Lo único que pasa es que suele llegar escondido en el precio de las cosas”.

Hoy, al menos, el mundo ha ganado algo que vale más que un titular: un límite.

Y cuando hay límites, vuelve la posibilidad de construir.