
22/12/25


El día que me tocó la lotería
Hay artículos que se escriben para informar. Otros, para entretener. Y algunos —muy pocos— se escriben para cerrar un año y abrir algo más grande.
Este es uno de esos.
Si has llegado hasta aquí alguna vez este año, si has leído, pensado, dudado o asentido con algún artículo de Dummies, hoy te pido algo sencillo: quédate hasta el final. No porque vaya a darte una lección. Sino porque hay historias que solo cobran sentido cuando se entienden completas.
Este es el último artículo de Dummies de este año. Un año intenso. De los que no pasan desapercibidos. Un año lleno de alegrías, retos, cambios, aprendizajes… y alguna que otra sacudida de las que te recolocan por dentro.
Si hago balance con honestidad, puedo decir que ha sido un año muy retador, sí, pero también profundamente positivo. De esos que te obligan a crecer, a parar, a mirar alrededor y a darte cuenta de qué es importante de verdad.
Y antes de seguir, déjame decir algo claro: gracias.
Gracias a todas las personas que formáis parte de esta comunidad Dummies. Por leer, por comentar, por discrepar, por compartir, por estar. Y aprovecho este último artículo para desearos muy buenas fiestas. Que podáis disfrutar —de verdad— del tiempo con amigos y familia. Ese tiempo que la locura del día a día nos roba sin pedir permiso, y que solo valoramos plenamente cuando vienen mal dadas. Porque es precisamente en los momentos difíciles cuando uno entiende que eso —las personas— es lo más valioso que nos ha dado la vida.
Y ahora sí, déjame contarte una historia.
La Marató de TV3 y un país que sabe unirse
El domingo pasado, aquí donde vivo, se celebró La Marató de TV3. Para quien no la conozca, es mucho más que un programa de televisión: es una movilización colectiva que Cataluña lleva organizando desde hace más de 30 años para recaudar fondos destinados a la investigación médica.
Este año, La Marató estaba dedicada al cáncer. Una palabra dura. Incómoda. Demasiado cercana.
Una de esas enfermedades que, de una forma u otra, ha tocado prácticamente a todas las familias.
A la tuya, a la mía, a la de al lado. Nadie es ajeno.
Durante un día entero, miles de personas colaboran como pueden: donaciones, iniciativas solidarias, actos populares… Y lo que se recauda va destinado a investigación, a ciencia, a futuro. A esperanza.
El 22 de diciembre y la ilusión compartida
Casualmente —o no— el día de publicación de este artículo es 22 de diciembre. En España, esa fecha tiene un significado especial: se celebra el Sorteo Extraordinario de Navidad, uno de los sorteos más antiguos y participativos del mundo, nacido en 1812.
No es solo un sorteo. Es un ritual colectivo. Décimos compartidos, números heredados, supersticiones familiares, bares llenos de décimos pegados con celo en la pared. Un día en el que, durante unas horas, todo un país se permite soñar con que “esta vez sí”.
La verdadera lotería
Yo no soy especialmente amante del juego ni del azar. De hecho, hace exactamente 17 años, un día como hoy, nació mi hija. Mi princesa.
Ese día decidí que no volvería a jugar a la lotería. Porque entendí que a mí ya me había tocado.
Anna, mi hija tiene 17 años. Y si hay algo que forma parte de ella, casi tanto como su forma de mirar el mundo, es su cabello.
No es solo largo. Es cuidado con paciencia, con rituales casi sagrados frente al espejo. Es brillante, vivo, con ese movimiento natural que no se consigue ni con productos ni con modas, sino con tiempo y cariño. Es de esos cabellos que llaman la atención sin buscarlo, que acompañan cada gesto, cada risa, cada momento de inseguridad y cada instante de confianza.
Para un adolescente, el cabello no es un detalle estético. Es identidad. Es refugio. Es una forma silenciosa de decir “aquí estoy” cuando todavía estás aprendiendo quién eres.
Su melena la ha acompañado en todas las etapas difíciles y en las felices. En los días en los que el mundo pesa más de la cuenta y en aquellos en los que todo parece posible. Ha crecido con ella, centímetro a centímetro, como crecen las personas: sin darse cuenta, pero dejando huella.
Por eso, entender lo que vino después exige comprender primero esto: no estaba entregando solo cabello. Estaba entregando una parte de sí misma.
Pues bien, el sábado pasado, sin que nadie se lo pidiera, sin discursos, sin fotos, sin aplausos… decidió donar 35 centímetros de su cabello. Para que alguien que esté pasando por un proceso oncológico pueda tener, aunque sea durante un tiempo, algo que le ayude a sentirse mejor consigo mismo. A mirarse al espejo con un poco menos de dureza. A hacer el camino un poco más llevadero.
Cuando me lo contó, me quedé sin palabras. No por sorpresa, sino por impacto. Por ese tipo de impacto que no hace ruido, pero te sacude por dentro.
Sentí cómo algo se me cerraba en la garganta y tuve que detener las lágrimas, no de tristeza, sino de una felicidad difícil de explicar. De esa que nace cuando entiendes que algo has hecho bien sin haberlo planeado. Cuando compruebas que los valores no se enseñan con discursos, sino con ejemplo y tiempo.
En ese instante no pensé en el gesto en sí, ni en lo simbólico, ni siquiera en el destino de ese cabello. Pensé en la persona que tenía delante. En la generación que viene. En cómo, a pesar del ruido, de las prisas y de las distracciones constantes, todavía hay jóvenes capaces de mirar más allá de sí mismos.
Y ahí, en silencio, entendí que hay momentos que no necesitan palabras. Solo respeto. Y gratitud.
El mejor premio
En ese momento entendí muchas cosas. Entendí por qué aquel 22 de diciembre, hace 17 años, sentí que me había tocado la lotería. Entendí que el verdadero premio no es el que se canta desde un balcón, sino el que se educa en silencio. Entendí que hay gestos que no salen en las noticias, pero que dicen mucho más sobre el futuro que cualquier titular.
Y pensé también en todas aquellas personas que hoy mirarán el sorteo con una pequeña decepción.
A ellos solo puedo decirles una cosa: el mejor premio, probablemente, ya lo tienen.
Está en las personas que aman. En los valores que han transmitido. En los gestos anónimos que no cotizan en bolsa, pero sostienen el mundo.
Lo que viene
Este artículo cierra un año, pero no cierra nada. Al contrario. Esta comunidad tiene preparadas muchas sorpresas agradables para 2026. Sorpresas pensadas con calma, con criterio y con una idea muy clara: que todos aprendamos a pensar mejor, a decidir con más criterio y, en definitiva, a ser un poco más fuertes en un mundo que no siempre lo pone fácil.
No prometo atajos. No prometo recetas mágicas. Pero sí compromiso, honestidad y ganas de seguir construyendo algo que valga la pena.
Gracias por estar ahí durante todo este año. Cuidaos. Cuidaos mucho.
Y recordad: a veces, la vida no te toca con un número… te toca con una persona.
Muy buenas fiestas.
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