09/02/2026

Añadir es fácil. Quitar exige criterio.

“El David ya estaba dentro del bloque de mármol. Su trabajo no era crearlo, sino quitar todo lo que sobraba hasta que la figura emergiera.”

Durante casi cuarenta años, aquel bloque de mármol fue un estorbo elegante. Llegó desde Carrara con promesas de grandeza y terminó arrinconado junto a la catedral de Florencia, marcado por intentos fallidos, vetas caprichosas y un pasado que nadie quería heredar. Varios escultores lo tocaron, lo midieron, lo juzgaron… y lo descartaron. Demasiado estrecho. Demasiado dañado. Demasiado problema. Hasta que alguien decidió mirar distinto.

Miguel Ángel no vio un error: vio una forma atrapada. No intentó corregir el mármol ni compensar sus defectos. Hizo algo más difícil y mucho menos popular: respetó el material. Aceptó sus límites. Y, golpe a golpe, retiró todo aquello que no era David.

No añadió nada. Quitó.

Y con ese gesto dejó una lección que sigue incomodando cinco siglos después: la excelencia no nace de sumar, sino de saber eliminar.

Cuando el problema no es la falta, sino el exceso

Hoy no trabajamos con mármol, sino con personas, estructuras y decisiones. Y el error se repite con una fidelidad casi artística.

En muchas organizaciones no faltan profesionales válidos. Sobran capas. Capas de procesos, de controles, de jerarquías mal entendidas. Capas de reuniones que diluyen el criterio, de indicadores que miden todo menos lo importante, de procedimientos diseñados para el peor escenario y aplicados al mejor talento.

Se intenta mejorar añadiendo. Más normas. Más supervisión. Más ruido. Exactamente lo contrario de lo que funcionó en Florencia.

El talento no se fabrica. Se libera. Y liberarlo exige algo que no suele aparecer en los manuales de liderazgo: la valentía de retirar aquello que estorba. De confiar. De asumir que no todo necesita intervención.

No todo el mundo sabe esculpir. Hace falta pulso. Y, sobre todo, humildad.

El mismo error, con números

Cambian los escenarios, no la lógica. También ocurre cuando hablamos de ahorro e inversión.

Durante demasiado tiempo se ha confundido sofisticación con acumulación. Como si añadir productos fuera sinónimo de inteligencia y simplificar, una señal de ingenuidad. El resultado suele ser el mismo: estructuras complejas que impresionan… hasta que dejan de funcionar.

Optimizar no es inflar. Es afinar.

El verdadero trabajo consiste en entender a la persona que hay detrás de los números: su horizonte, su tolerancia a la incertidumbre, su forma de dormir cuando los mercados no acompañan. Y, desde ahí, eliminar lo que no encaja. Lo redundante. Lo que aporta ruido pero no dirección.

Aquí tampoco importa el tamaño. Importa la idoneidad.

Una buena cartera no presume. Cumple. Como el David: no impacta por lo que tiene, sino por lo que alguien supo quitarle.

La solución es sencilla. Por eso cuesta tanto.

En empresas y en inversión, la receta es la misma que aplicó Miguel Ángel: mirar con atención, entender el material, y tener criterio para eliminar.

Eliminar procesos heredados por inercia.
Eliminar decisiones que ya no responden a la realidad.
Eliminar complejidad creada para justificar presencia, no valor.

Optimizar no es acelerar.
Optimizar es
dejar de estorbar.

Epílogo: quizá tú también estés dentro del bloque

El David estuvo décadas olvidado no porque no existiera, sino porque nadie supo verlo. Exigía una mirada distinta. Y coraje para actuar en consecuencia.

Por eso esta historia sigue viva. Porque nos recuerda que personas, organizaciones y patrimonios no necesitan ser reinventados. Necesitan ser entendidos. Y depurados.

La excelencia aparece cuando alguien se atreve a decir: esto sobra.

Si al terminar de leer notas una incomodidad ligera —en tu trabajo, en tus decisiones, en cómo has construido lo que tienes—, no te alarmes.

Suele ser el primer golpe de cincel.

Y casi siempre, también, el comienzo de algo memorable.

Y quizá ha llegado el momento de ir un paso más allá. No basta con esperar a que alguien nos mire con criterio y nos libere de lo que sobra. La verdadera madurez empieza cuando entendemos que también nos toca empuñar el cincel. Cuando asumimos la responsabilidad de ayudar a otros a emerger: a quienes trabajan a nuestro lado, a quienes aprenden de nosotros, a quienes crecerán con nuestra mirada como referencia. Porque el mundo no avanza gracias a estatuas perfectas, sino gracias a personas dispuestas a retirar miedos, excusas y ruido del camino ajeno. Si esta comunidad sirve para algo, que sea para eso: para aprender a ver mejor, a intervenir menos y a esculpir con respeto. No para crear versiones ideales de nadie, sino para permitir que lo mejor que ya existe, por fin, aparezca.