
07/01/26


Los propósitos que no caben en una lista
El año siempre empieza igual. Un calendario nuevo, páginas en blanco, una sensación colectiva de “ahora sí”. Ahora sí iremos al gimnasio. Ahora sí leeremos más. Ahora sí cambiaremos eso que llevamos años prometiéndonos cambiar.
Enero es el mes de los propósitos nobles… y de las renuncias silenciosas.
Lo curioso no es que fallemos. Lo curioso es que, en el fondo, ya sabemos que muchos no se cumplirán. No porque no seamos capaces, sino porque los formulamos como quien escribe una nota para tranquilizar la conciencia, no como quien firma un compromiso consigo mismo.
Durante años he visto cómo las personas —incluyéndome— hacen listas impecables que no sobreviven a febrero. Y no es falta de disciplina. Es algo más incómodo de admitir:
no todos los propósitos nacen del mismo lugar.
Algunos nacen del ruido. Otros, del miedo. Y muy pocos, de una convicción profunda.
Este año, sin embargo, he empezado enero de una forma distinta. Sin lista. Sin promesas grandilocuentes. Con una historia que llevaba tiempo gestándose en silencio.
Una conversación que vuelve cada enero
Hay frases que se quedan contigo para siempre. No porque sean especialmente brillantes, sino porque llegan en el momento exacto.
Mi padre solía decirme algo aparentemente sencillo:
“Si de verdad te lo propones, puedes hacer lo que quieras.”
No lo decía como eslogan motivacional. Lo decía con la serenidad de quien ha vivido lo suficiente como para saber que lo difícil no es poder…lo difícil es proponérselo de verdad.
Con los años entendí que esa frase tenía letra pequeña. No hablaba de talento. No hablaba de suerte. No hablaba de atajos. Hablaba de algo más incómodo: responsabilidad.
Porque cuando aceptas que puedes, también aceptas que, si no lo haces, es una decisión.
Y eso pesa.
Cada inicio de año esa conversación vuelve. A veces con fuerza. A veces como un susurro. Este enero ha vuelto con una claridad distinta.
Los propósitos que no se ven
Hay propósitos que no se anuncian. No se publican en redes. No se comparten en sobremesas.
Son los más peligrosos… y los más transformadores.
Escribir algo que no sabes si alguien leerá. Defender una idea que no encaja del todo. Exponerte sin la garantía de aprobación.
Durante mucho tiempo conviví con uno de esos propósitos invisibles. No tenía fecha. No tenía título. Solo tenía una sensación persistente: hay algo aquí que merece ser contado.
No era prisa. Era maduración.
Como ocurre con muchas decisiones importantes, el proyecto no empezó cuando lo escribí. Empezó mucho antes, cuando entendí que la mayoría de nuestras frustraciones no vienen del mercado, del contexto o de los demás…
sino de cómo nos contamos la historia a nosotros mismos.
Ahí empezó todo.
El verdadero parón no es el navideño
Hablamos del parón navideño como si fuera una pausa externa. Pero el parón real suele ser interno.
Ese momento en el que posponemos lo que importa porque “no es el momento adecuado”.
Nunca lo es.
Este libro no nació de un propósito de año nuevo. Nació de una insistencia. De una idea que no se iba. De una voz —heredada, quizás— que repetía: si puedes hacerlo, hazlo bien.
Y hacerlo bien significaba no escribir un manual, ni un sermón, ni una colección de recetas rápidas.
Significaba poner al lector frente al espejo, aunque incomode.
Por eso tardó. Por eso costó. Por eso no podía salir antes.
Cuando el propósito deja de ser un propósito
Hay un punto en el que un propósito deja de serlo. Cuando ya no depende de la motivación. Cuando no necesita recordatorios.
En ese punto, o lo haces… o convives con la sensación de traicionarte un poco cada día.
Publicar este libro no ha sido cumplir un objetivo. Ha sido cerrar un círculo. El de una conversación que empezó hace años. El de una idea que pedía forma. El de una promesa no escrita, pero profundamente sentida.
Y, sobre todo, el de honrar una manera de entender la vida: no desde la épica, sino desde la honestidad brutal con uno mismo.
Una invitación sin instrucciones
Este no es un artículo para decirte que cambies tu vida. Ni para pedirte que hagas una lista mejor. Ni siquiera para hablarte explícitamente de un libro.
Es una invitación más sutil.
A preguntarte qué propósito te estás contando para no enfrentarte al que de verdad importa. A detectar qué estás postergando bajo la excusa de “ya veremos”. A reconocer que, quizá, no es el mercado. Ni el momento. Ni las circunstancias.
Y que, tal vez, como me dijeron una vez, si de verdad te lo propones… puedes.
Algunos propósitos no empiezan en enero. Empiezan cuando te atreves a mirarlos de frente.
Este ha sido el mío.
Y ahora, por fin, puede empezar el vuestro.


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